Cuando se produce una lesión y por fin podemos volver a ejercitarnos, llega el crucial trabajo de los y las fisioterapeutas, que nos ayudarán a recuperar movilidad en la extremidad, sufrir menos dolor y tratar de evitar que ese daño pueda reproducirse. Los profesionales de la fisioterapia cuentan cada vez con más recursos para intentar que los procesos de recuperación sean exitosos y lo más breve posibles.

Uno de estos recursos es el agua. La piscina es un medio estupendo para llevar a cabo un proceso de rehabilitación o el tratamiento de dolores agudos o crónicos causados por enfermedades reumatológicas, como la artritis o la fibromialgia. El peso de una persona es inferior cuando entra en el agua y eso supone ganar en movilidad, algo que resulta especialmente útil en el caso de pacientes con poco tono muscular.

Pero si la fisioterapia realizada en el agua ya implica beneficios, estos se multiplican cuando el agua es marina y tiene una temperatura alrededor de 37 grados. En ese caso, se une la acción física del agua caliente de mar (pesamos hasta un 90% menos y tenemos mucha más facilidad de movimientos) con las termales, ya que la temperatura del agua permite relajar la musculatura y notar una reducción en el dolor.

Uno de los principales beneficios de este tipo de tratamientos es la reducción en los tiempos del tratamiento, ya que el paciente tiene mucha más capacidad de movimiento. Es precisamente esto lo que nos permite que los ejercicios tengan un bajo impacto, cuando el mismo fuera de la piscina no sería adecuado para ciertas lesiones. Además, el agua aporta mucha más seguridad (no tenemos tanto miedo a caer o golpearnos) y siempre tiene un efecto de relajación y bienestar que puede convertir la visita al fisioterapia en toda una experiencia de bienestar.

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